Vibra Urabá: el puerto promete futuro, pero las comunidades piden planeación y justicia
Desde mediados del siglo pasado, Urabá ha sido la tierra de la promesa en Antioquia. El sueño de llegar al mar, y con él al mundo, movilizó a generaciones de empresarios, políticos, ingenieros, obreros y campesinos. Hoy, con el puerto de Urabá al alcance de la mano, la región respira un ambiente de expectativa. Pero el futuro prometedor carga con desafíos que requieren atención urgente, sobre todo en planeación, justicia social y cuidado ambiental.
Así lo dejaron ver las conversaciones del Festival Vibra Urabá, organizado por Comfama, donde arriba y abajo del escenario se habló de esa sensación de cambio. Apenas en la entrada de Apartadó, un aviso inmobiliario anuncia la construcción de un conjunto residencial de varias torres. El desarrollo avanza, pero las comunidades preguntan: ¿para quién?
¿Cuál es el principal desafío del puerto de Urabá?
Para Enilda Jiménez, directora de la Reserva Natural Suriki, el reto no es la obra en sí, sino la capacidad de las instituciones y las comunidades para planificar el desarrollo, proteger los recursos naturales y garantizar que los beneficios se queden en la región. Durante un círculo de palabra en Vibra Urabá, Jiménez sostuvo que el debate sobre el puerto debe basarse en información técnica y en una participación más amplia de la ciudadanía.
En entrevista con El Colombiano, Jiménez explicó que buena parte de las conversaciones alrededor del proyecto se han dado desde la desinformación. Por eso considera necesario que la ciudadanía conozca los estudios de impacto ambiental y las obligaciones del proyecto. “El reto ahora es aprovechar las compensaciones ambientales para fortalecer los ecosistemas y las comunidades”, afirmó.
¿Qué riesgos trae el aumento de la conectividad?
Jiménez también alertó sobre los efectos de la nueva conectividad. Las vías reducirán los tiempos de viaje entre Medellín y Urabá, facilitando la llegada de turistas, inversionistas y nuevos habitantes. Ese crecimiento, advirtió, exige una planeación que responda a la mayor demanda de agua potable, energía, saneamiento básico y vivienda. “Si llegan miles de personas sin haber resuelto esas necesidades, el territorio puede enfrentar problemas de acceso al agua, servicios públicos y presión sobre los ecosistemas”, dijo.
La diversidad cultural y gastronómica como emblema
Amado Tovar, músico local, explicó durante el festival que la diversidad es la marca distintiva de Urabá. Allí confluyen las gentes de las montañas, los ríos y el mar. Esa multiplicidad se refleja en las vidas de las cocineras tradicionales Dulcenombre Rodríguez y Noris Villalba.
Dulce Rodríguez nació en una zona rural de Carepa y vive en Apartadó. Durante casi tres décadas trabajó en la cocina de una empresa bananera, preparando alimentos para productores y directivos. Al retirarse, siguió cocinando desde su casa. Aprendió observando a su madre, que le decía: “Aprendan, porque yo no voy a vivir toda la vida”. A los 13 años, tras la muerte de sus padres, dejó la escuela para trabajar en casas de familia. Mientras cocinaba, compraba libros para aprender nuevas recetas.
Noris Villalba nació en Necoclí, en una finca donde su familia cultivaba arroz, maíz, plátano y yuca. Allí empezó a cocinar siendo niña, viendo cómo su madre medía el agua para el arroz o extraía la leche de coco. Trabajó en restaurantes de mariscos y luego abrió su propio negocio en Apartadó. Entre sus platos más vendidos: sancocho de hueso, arroz con coco con pescado frito, patacones y sancocho de pescado con leche de coco.
Para Villalba, el coco es el ingrediente que identifica la cocina de Urabá. “Todo era con coco. Hacemos ñame con coco, gallina sudada con coco, carne de cerdo con coco. Lo que usted quiera se hace con coco”, cuenta. Su plato preferido es el bocachico sudado, aunque también prepara róbalo y otras especies de río y mar. El plátano también es clave en las sopas, porque aporta sabor al caldo.
Ambas cocineras comparten historias de resiliencia: aprendieron solas, viendo a sus madres; dejaron la escuela en quinto de primaria y se ganaron la vida gracias a su destreza para preparar un sancocho o condimentar un pescado. A diferencia del resto de Antioquia, donde los frijoles y el chicharrón reinan, en Urabá se come pescado de mar y río, gallina sudada, jugos de la selva y de la playa. La diversidad, como dice Amado, es su emblema.
¿Cómo garantizar que el desarrollo beneficie a todos?
El festival Vibra Urabá dejó claro que el futuro de la región no depende solo de la infraestructura. Depende de la capacidad de las comunidades para organizarse, de las instituciones para planificar con justicia y de la voluntad política para que los beneficios del desarrollo lleguen a quienes siempre han estado allí. Como dice Enilda Jiménez, “el debate debe partir de información técnica y participación ciudadana”. Solo así Urabá podrá ser, realmente, la tierra de la promesa para todos.
Foto: www.elcolombiano.com