Democracia o mercadocracia: las promesas del Tigre
El discurso del Tigre tras su victoria en «La Ventana al Mundo» enciende las alarmas sobre el futuro de la democracia en Colombia. Aunque juró defender la pluralidad y declaró que no tiene enemigos, su historia de pugnacidad, su alianza con el proyecto MAGA y su apuesta por la mercadocracia sobre la justicia social amenazan el tejido social, los derechos de las comunidades y los acuerdos de paz. La verdadera democracia se jugará entre la defensa del Estado Social de Derecho y el riesgo de un militarismo que repite errores del pasado.
¿Qué democracia nos promete el Tigre?
La extrema incoherencia entre sus discursos de campaña, donde fustigaba como enemigos a quienes piensan diferente, y su discurso de celebración, obliga a mirar con cautela. Allí declaró que en democracia no existen enemigos irreconciliables, sino compatriotas con los mismos derechos. La pregunta es si la franja presidencial logrará domesticar a ese fiero Tigre de la campaña, o si la intolerancia seguirá marcando la pauta.
La verdadera democracia no se mide en los discursos, sino en el trato real a los opositores y en la defensa de los derechos de las mayorías y las minorías. Se disputan dos visiones. Por un lado, la democracia republicana, que pone la justicia social y la igualdad de oportunidades en el centro. Por otro, la democracia liberal, que reduce todo a la defensa de la propiedad privada y la competencia del mercado. Con la pugnacidad y el discurso militarista del Tigre y su movimiento «Firmes por Colombia», corremos el riesgo de caer en una democracia iliberal, donde las libertades públicas quedan sin garantías reales.
Constitución del 91: la memoria de la justicia social
Nuestra Constitución del 91 es clara al consagrar la democracia en clave republicana. Desde su artículo primero, nos dice que Colombia se funda en el respeto a la dignidad humana, el trabajo y la solidaridad, con prevalencia del interés general. El Estado debe servir a la comunidad y asegurar la convivencia pacífica y un orden justo.
El artículo 13 ordena promover condiciones para que la igualdad sea real y efectiva, adoptando medidas a favor de los grupos discriminados o marginados. El artículo 53 protege a los trabajadores, reconociendo la primacía de la realidad sobre las formalidades. Y sobre la propiedad, el artículo 58 es contundente:
La propiedad es una función social que implica obligaciones. Como tal, le es inherente una función ecológica.
La justicia social no puede ser burlada por argucias legales que solo protegen intereses patronales. El mercado no conoce la equidad, solo la competencia entre desiguales.
¿Cómo afecta a las comunidades la visión del Tigre?
Como bien escribió el maestro Estanislao Zuleta, un auténtico demócrata está con quienes tienen más necesidades y menos posibilidades. Un ciudadano sin trabajo digno, salud, educación o una modesta vivienda, siempre estará sometido a quienes acumulan esos derechos para su beneficio. La igualdad real no significa igualdad en la riqueza, sino igualdad de oportunidades sin privilegios insuperables que se perpetúan por generaciones. Esto solo es posible mediante la intervención del Estado Social de Derecho.
Sin embargo, si leemos con atención al Tigre, más allá de los fuegos pirotécnicos, su democracia se agota en la mercadocracia. Lo que es más grave, implica una alianza ilimitada con el proyecto MAGA para la explotación de nuestras riquezas y biodiversidad. En esta «Patria Milagro», ¿qué queda del principio constitucional de la función ecológica y social de la propiedad?
¿Una nación de propietarios o una promesa vacía?
El Tigre afirmó que construirá una nación de propietarios y oportunidades para todos. Si esto fuera cierto, debería cumplir y profundizar la titulación de tierras para millones de campesinos despojados de sus parcelas por la violencia paramilitar y la guerra. Solo así daría cumplimiento al Acuerdo de Paz entre el Estado y las extintas Farc-EP. Un acuerdo que, junto a la JEP, ha prometido erradicar de su «Patria Milagro». Quizás quiso decir una nación «para» propietarios, y no «de» propietarios.
Si realmente cumpliera con construir una patria de propietarios y brindar progreso para todos, habría estafado la confianza de sus propios electores, pues ese era el centro del programa progresista de Iván Cepeda y del Pacto Histórico. La demagogia genera ingobernabilidad por prometer lo irrealizable, como ya lo hemos visto en el pasado. También prometió gobernar con cero corrupción, pero ya anunció a Rodrigo Lara Restrepo, exdirector de Cambio Radical, un partido con 14 congresistas condenados por concierto para delinquir con grupos paramilitares. A esto llama el Tigre «cero corrupción». Parece más bien la refundación de la Patria paramilitar disfrazada de reconstrucción de la República.
¿Se defenderá la paz y el tejido social en el nuevo gobierno?
La respuesta a su verdadera concepción democrática está en sus aliados internacionales, hoy los mayores depredadores del Estado de derecho: Estados Unidos e Israel. Anunció su ingreso al «Escudo de las Américas» y un supuesto «Plan Patriota» para acabar en 90 días con la violencia en los territorios. Asistiremos a una especie de Apocalypse Now con bombardeos teledirigidos desde MAGA, abrazos en el despacho oval y saludos patrióticos. El militarismo y la dependencia extranjera no reconstruyen el tejido social. La paz y la justicia territorial exigen respeto por los acuerdos, por la JEP y por la vida de las comunidades. Esa es la democracia que necesitamos, no la ley de la selva.