Democracia y miedo en Colombia: superar el tribalismo
Las recientes elecciones presidenciales en Colombia dejaron un resultado estrecho y un país profundamente dividido. La democracia colombiana se encuentra atrapada en una dinámica de miedo y polarización extrema, donde más de 12 millones de personas votaron por Iván Cepeda y una cifra similar lo hizo por Abelardo De la Espriella. Sin embargo, este voto masivo no reflejó una deliberación programática, sino la gestión del pánico. Para reconstruir el tejido social, es imperativo superar el tribalismo político, exigir autocrítica al proyecto de cambio y defender la autonomía de los movimientos sociales por encima de las lealtades personales.
¿Qué revelaron los resultados electorales sobre la democracia colombiana?
El debate sobre la legitimidad de los resultados electorales enfrenta una encrucijada metodológica. La investigadora Laura Bonilla explicó en su cuenta oficial de X, el 20 de junio de 2026, que los datos electorales oficiales solo permiten análisis municipales o veredales. En cambio, el control territorial de actores armados se concentra en microterritorios específicos. Bonilla se basa en el marco teórico del sociólogo Francisco Gutiérrez Sanín en su obra Clientelistic Warfare: Política y Violencia en Colombia (2019), que explica cómo las alianzas políticas se negocian a escala local y no obedecen a directrices nacionales. Para confirmar prácticas como el proselitismo armado, se requiere identificar patrones en al menos tres procesos electorales consecutivos y realizar trabajo de campo directo.
Por su parte, los analistas Mauricio García y Andrés Pachón, del Centro de Estudios Constitucionales y Sociales (CECONS), publicaron en mayo de 2026 el informe Dinámicas de Poder y Elecciones en Colombia: 2022-2026. Allí advierten que en zonas con presencia histórica de actores armados se registraron resultados electorales elevados para ciertas candidaturas. La dificultad para demostrar el proselitismo armado con cifras agregadas no equivale a su inexistencia, por lo que un escrutinio mesa por mesa es fundamental para constatar los hechos. Es un fenómeno donde la duda metodológica y la experiencia histórica conviven.
La exigencia al proceso de cambio y la autocrítica necesaria
En este panorama, es imperativo nombrar responsabilidades con contundencia. El gobierno de Gustavo Petro tuvo una oportunidad histórica para la transformación del país, pero la constante improvisación, los escándalos y una gestión operativa decepcionante terminaron por fracturar las expectativas ciudadanas. La contienda electoral ya se definió y corresponde actuar con madurez civil, reconocer el resultado y defender la institucionalidad democrática.
Ejercer la autocrítica frente al poder no es un acto de traición, sino una obligación ética. Muchas voces advertimos los riesgos de la soberbia y las directrices erráticas. Quienes gobernaron deben asumir el costo de haber dejado a los sectores progresistas en una encrucijada crítica. Un proyecto político que pierde el rumbo y traiciona sus promesas de mejora no merece respaldos eternos. Ante la incertidumbre, la postura debe mantenerse firme: defender los principios democráticos y los derechos humanos, no gobiernos ni caudillos.
¿Por qué la izquierda enfrenta una encrucijada crítica?
La izquierda se encuentra en una situación crítica, pero no por falta de respaldo en las urnas. Los más de 12,6 millones de votos obtenidos por Iván Cepeda constituyen un caudal histórico que le otorga legitimidad indiscutible a su propuesta, consolidando al progresismo como una fuerza masiva que dejó atrás la condición de minoría. La fragilidad real radica en el vaciamiento de su independencia al convertirse en sinónimo exclusivo de petrismo. El error estratégico fue matricular casi todos los liderazgos bajo una marca personal, una subordinación identitaria de corta duración.
En una democracia real, el presidente saliente debe rendir cuentas ante las instituciones igual que Álvaro Uribe Vélez en su momento. Se requiere investigar formalmente cada hecho presuntamente irregular. Si las evidencias lo ameritan, Petro deberá ser llamado ante la justicia. De materializarse este escenario, la izquierda enfrentaría su periodo más complejo, pero traería un desenlace saludable: el derrumbe de la superioridad moral de los extremos. Sin pedestales falsos, ambos bandos tendrían que reconocer sus profundas semejanzas estructurales.
El voto en Colombia: ¿mecanismo de miedo o de conciencia?
El debate nacional está encendido tras el cierre de las urnas y los escrutinios que confirman el estrecho margen de los resultados. Es necesario aceptar la realidad numérica. Este resultado ocurrió bajo la política del miedo. Las mayorías no estaban conformes ni felices; la ciudadanía salió resignada a las urnas buscando evitar el mal mayor.
La atmósfera democrática se ha tornado irrespirable. El gobierno saliente profundizó una polarización cargada de miedo, un escenario donde la ciudadanía entera habita la incertidumbre. Esta estrategia del antagonismo constante fracturó la confianza colectiva y convirtió al mandatario en el responsable principal del regreso de la derecha al poder. Al dinamitar los puentes y asfixiar los matices, su gestión clausuró la posibilidad de construir un proyecto de cambio sostenible.
Resiliencia y conciencia de clase: una mirada desde las comunidades
Para comprender las tensiones de esta Colombia postelectoral, es vital situar el lugar desde donde se construye este pensamiento. Esta narrativa nace de una autoridad vital grabada en la piel. Nací en la pobreza extrema, en un entorno donde el sistema educativo tradicional no supo responder a mi realidad. Sin una red de apoyo familiar que comprendiera la precariedad, alcancé solo hasta octavo grado. Era plenamente consciente de mi analfabetismo funcional, una condición donde a pesar de dominar la lectura básica, no se logra adquirir las herramientas para comprender textos complejos o estructurar pensamientos autónomos.
A los 21 años, sin haber validado la primaria ni el bachillerato, gané por mérito propio un espacio de formación en actuación. Fue un encuentro determinante que me acercó a los textos y a la comprensión de la condición humana. Allí pude nombrar lo que la neurociencia define como alta sensibilidad, una variación del sistema nervioso central que procesa estímulos con mayor intensidad y profundidad.
Solo hasta los 33 años logré validar mis estudios básicos, gracias al acompañamiento de mujeres del tejido social que promovieron mi empoderamiento. Ingresé a la educación superior a los 40, gracias al financiamiento anónimo de una persona que no pidió lealtades. Hoy curso la Maestría en Interculturalidad y Educación. Desde la sociología, mi trayectoria refleja la movilidad social ascendente. Pertenecer a la clase trabajadora significa saber que lo único que sostiene nuestra situación es el ingreso mensual, y su pérdida implica el riesgo de caer en la privación. Esta dualidad me permite distinguir entre conciencia de clase, que es la capacidad de actuar con solidaridad estructural, y el odio de clase, que estanca el progreso en demandas sin contrapartida.
Desigualdades, capital y el secuestro de las causas sociales
Es necesario visibilizar el impacto que produce la llegada abrupta del dinero a una persona cuya historia ha estado atravesada por las desigualdades y los traumas derivados de la carencia. Al experimentar la posesión de recursos exuberantes sin preparación previa, no supe qué hacer y tuve que reafirmar que los medios económicos son importantes, pero su eficacia debe ir de la mano de la formación y la actitud constructiva.
Por ello resulta indispensable pensarnos un capitalismo humanista, un modelo que protege la libre empresa pero sitúa el bienestar de las personas y el acceso equitativo a las oportunidades como ejes rectores, impidiendo que el capital se convierta en una herramienta de opresión. Mi forma de ser y pensar se ha consolidado con respaldo profesional: soy una persona autista, disgráfica y con alta sensibilidad, lo que constituye una perspectiva distinta para percibir las reglas no escritas y los mecanismos de dominación.
La democracia colombiana funciona como una farsa coercitiva donde la deliberación técnica ha desaparecido. Esta histórica afluencia a las urnas no fue una epifanía colectiva. Millones de personas salieron impulsadas por el pánico que la campaña mediática sembró en sus conciencias. No se votó esperando lo mejor, se votó para contener un mal mayor. Incluso el incremento del voto nulo fue la manifestación de miles que no se reconocieron en ninguna propuesta.
Respecto al proselitismo armado, es una situación delicada histórica que requiere pruebas contundentes ante la autoridad competente. Es cierto que algunos grupos armados expresaron su respaldo a Iván Cepeda, situación denunciada públicamente por Claudia López. Sin embargo, no es justo desconocer la realidad comunitaria. Miles de ciudadanos y colectivos organizados reunieron recursos propios para pagar transportes y garantizar que la gente acudiera a las urnas por decisión propia. Homologar toda movilización popular a la influencia armada ignora el esfuerzo del tejido social independiente. Colombia es una nación marcada por la violencia histórica, la exclusión territorial y la corrupción. Si existe evidencia de presión armada, debe demostrarse con rigor.
Tengo constancia de que muchas organizaciones civiles recolectaron fondos para que personas de bajos recursos pudieran votar. En contraste, en zonas urbanas como Bogotá, muchos trabajadores no lograron ejercer su derecho al voto por no obtener permisos laborales. El voto sigue siendo un privilegio de clase, una exclusión estructural que ha sido la verdadera cara de nuestra democracia.
Desmontar la instrumentalización del dolor
El propósito fundamental de esta reflexión es denunciar el tráfico de derechos y el secuestro ideológico de las causas sociales por parte de los paradigmas partidistas. El tejido humano se sostiene cuando reconocemos la solidaridad recibida y actuamos con reciprocidad.
Pero es necesario trazar una línea ética: nadie está obligado a mantener obediencia permanente a otra persona. La gratitud jamás puede confundirse con una hipoteca de la conciencia. Rechazo la pretensión de que las personas que venimos desde las entrañas de la desventaja tengamos una deuda de obediencia eterna con el redil ideológico de la izquierda petrista. Las causas sociales existen desde siempre y seguirán existiendo sin matrícula partidista. Es profundamente violento forzar a alguien a adherirse a un único redil, anulando su capacidad crítica bajo el pretexto de su origen popular. Habito un territorio de independencia absoluta donde mi voz no se negocia.
Iván Cepeda insistió en su propuesta, pero su discurso no logró convencer a una inmensa porción del electorado por estar ligado directamente a la línea del gobierno anterior y por sufrir modificaciones de última hora. Tampoco conectó porque el país fue privado de debates abiertos donde se contrastaran los modelos con rigor técnico.
Necesitamos entender la historia, reconocer el dolor, restituir derechos a las víctimas y no permitir que la impunidad se vuelva cultura. Paralelamente, tenemos que avanzar. No podemos quedarnos estancados en la memoria del sufrimiento. Tenemos que asimilar la vivencia colectiva y construir vida fuera de los márgenes impuestos. Es doloroso saber que ejercer los derechos políticos o manifestar disidencia puede costarnos la vida, como ha ocurrido con cientos de líderes sociales y activistas.
En el periodo gubernamental reciente, cientos de pacientes perdieron la vida dentro de un sistema de salud que se propuso transformar sin consenso técnico ni viabilidad operativa. El sistema colapsó y ese desabastecimiento cobró vidas humanas reales. Venimos de ejercicios políticos violentos en todos los colores ideológicos. La sociedad colombiana está asustada y estamos edificando una noción de país a partir del terror. Nada bueno surge cuando el motor es el pánico. Tenemos la obligación de hacer política donde la deliberación democrática no proceda del temor.
La coordinación tribal y la hipermoralización
Estos señalamientos encuentran su eje central en la tesis de David Pinsof, expresada en su ensayo Democracy is Bullshit (2026). Este marco conceptual desarma la visión romántica de la democracia al demostrar que los sistemas electorales no son espacios libres de deliberación racional. La democracia funciona como un mecanismo de coordinación grupal donde los discursos morales operan como señales de lealtad para aglutinar bandos, acumular estatus y enfrentar al adversario. El conocimiento auténtico suele ser sacrificado en el altar de la aprobación colectiva.
Esta dinámica se define como tribocracia: un orden político donde la sociedad se fragmenta en grupos cerrados, unidos por vínculos de identidad más que por ideas. La tribocracia opera mediante la indoctrinación, que transmite una única versión de la realidad para generar seguidores obedientes, y las doctrinas que restringen la libertad, imponiendo un modelo único que elimina la pluralidad.
Esta dinámica se ve agravada por la hipermoralización detallada por Pablo Malo Ocejo, donde las demandas sociales se convierten en armas punitivas de linchamiento y estigmatización. Vivimos el fenómeno que Pier Paolo Pasolini denominó el fascismo de los antifascistas. Sectores que se proclaman enemigos del autoritarismo adoptan métodos dictatoriales de censura y cancelación contra la disidencia, transformando la justicia social en un pretexto para el control de las conciencias.
¿Cómo superar el tribalismo político y reconstruir el tejido social?
Como mujer que habita este rincón del mundo, soy consciente de mi escala. No puedo fundar movimientos ni alterar este tablero por mi cuenta. Sin embargo, desde la comunicación ciudadana comprometida con el desarrollo humano, la experiencia viva y los estudios sobre interculturalidad crítica, es un imperativo ético advertir la realidad sin rodeos. La sociedad colombiana necesita con urgencia una tercera vía democrática que nos saque del secuestro de los extremos ideológicos. Mientras esa opción se forja en el tejido social, la sensatez nos obliga a valorar la alternancia drástica de fuerzas como un mecanismo para asegurar el equilibrio mínimo. Romper la inercia del miedo totalitario y devolverle la autonomía intelectual a las personas es el único camino para resguardar las instituciones, permitiendo que la democracia sobreviva más allá de la manipulación y el fanatismo.
¿Qué es la tribocracia y cómo afecta la democracia?
La tribocracia es un orden político donde la sociedad se divide en grupos cerrados que priorizan la lealtad y la identidad sobre las ideas o los acuerdos. Afecta la democracia porque sacrifica la libertad individual y el pensamiento crítico en favor de la aprobación colectiva, convirtiendo el voto y los discursos morales en simples señales de pertenencia a una coalición frente a un enemigo percibido.
¿Por qué el voto en Colombia sigue siendo un privilegio de clase?
El voto sigue siendo un privilegio de clase porque las personas de menores recursos enfrentan barreras estructurales para ejercerlo. Muchos trabajadores no obtienen permisos laborales para ir a su puesto de votación, y las comunidades más alejadas deben depender de la solidaridad civil para financiar transportes. La falta de tiempo, recursos y libertad condiciona el sufragio real en las periferias y en las clases trabajadoras urbanas.