Miles de estudiantes franceses han tomado las calles y bloqueado sus liceos en una de las mayores movilizaciones juveniles de las últimas décadas. Lo que comenzó como una protesta local en un instituto de la periferia de París se ha convertido en un movimiento nacional que cuestiona los cimientos del Estado de bienestar europeo y la manera en que los gobiernos enfrentan la crisis de la deuda. Los jóvenes no protestan por las cifras macroeconómicas, sino por lo que sienten en su día a día: aulas sin profesores, cupos universitarios que no alcanzan y un futuro que se ve cada vez más incierto.
¿Por qué los estudiantes franceses se han lanzado a las calles?
El Liceo Saint-Exupéry de Créteil, en el sureste de París, comenzó el año escolar con graves carencias: faltaban docentes y personal, y en algunos salones no había suficientes mesas para los alumnos. El 17 de septiembre, los profesores declararon una huelga y, en lugar de irse a casa, los estudiantes decidieron apoyarlos bloqueando los accesos con cubos de basura y vallas de obra. Cuatro días después, el diputado de izquierda Louis Boyard, de La Francia Insumisa, viralizó la protesta y los bloqueos se replicaron en Saint-Denis, Marsella, Lille, Burdeos, Nantes, Estrasburgo y Montpellier. Para el 1 de octubre, más de mil centros educativos estaban movilizados de los cerca de 3.700 que existen en el país.
El líder estudiantil Abderrahmane explica el sentir de muchos: “Nuestras notas estaban bajando. Si no nos hubiéramos movilizado ahora, habría sido un pésimo augurio para el futuro”. Durante el curso 2024-2025 se perdió casi el 10 % de las horas de clase en colegios y liceos públicos, principalmente por profesores ausentes que nadie reemplazó. En las pruebas Pisa 2025, los alumnos franceses registraron su nivel más bajo desde el año 2000. A eso se suman las olas de calor que convirtieron las aulas en hornos por la falta de aire acondicionado.
El Estado de bienestar bajo presión: ¿puede Francia sostener sus promesas?
El detonante inmediato fue el anuncio del primer ministro, Sébastien Lecornu, de un ajuste de 54.000 millones de euros para el presupuesto educativo de 2027, descrito como “el más riguroso desde hace mucho tiempo”. La deuda pública de Francia alcanzó el 119 % del PIB en el segundo trimestre, según el instituto oficial de estadística, y el Gobierno prevé cerrar el año con un déficit del 5,4 %, muy por encima del 3 % que exigen las reglas europeas.
Vincent Tiberj, del Sciences Po Burdeos, señala que “lo que está haciendo crisis en Francia, como en buena parte de Europa, es el Estado de bienestar: un excesivo gasto público en ayudas que ha puesto bajo presión los sistemas públicos como salud y educación”. En Alemania, el canciller Friedrich Merz fue aún más directo hace un año: “El Estado de bienestar, tal como lo tenemos hoy, ya no se puede financiar con lo que producimos económicamente”.
Según Eurostat, cinco países europeos superan el 100 % de deuda pública sobre el PIB: Grecia (143,5 %), Italia (138,9 %), Francia (117,6 %), Bélgica (109,1 %) y España (101,6 %).
Las raíces del malestar: salarios, calor y un futuro incierto
El filósofo colombo-francés Nelson Vallejo-Gómez, especialista en políticas educativas, describe el desgaste de la profesión docente: “Los salarios de los maestros no son muy altos, y el oficio en los últimos años ha sido desconsiderado y se ha empobrecido”. Una fuente diplomática que pidió reserva de su nombre ubica el origen del agujero fiscal en tres momentos: la gestión de la pandemia de covid-19, cuando el presidente quiso mantener intactos el tejido social e industrial; la crisis de los chalecos amarillos (2018-2019), que costó 10.000 millones de euros en medidas para calmar las protestas; y el fracaso de la reforma de las jubilaciones, que subió la edad de retiro de 62 a 64 años y quedó suspendida hasta después de las presidenciales de 2027.
La fuente añade: “En Francia, la mayoría de la población cree que el Estado puede pagar todo y dar todo gratis. Independientemente del contexto económico, nadie quiere renunciar a sus privilegios y ayudas sociales”. Además, “no hay espacio político para reducir las ayudas porque el presidente no tiene mayoría en el Parlamento y porque estamos en campaña para las presidenciales y legislativas. Cada partido está haciendo propaganda y promesas irrealistas para ganar votos”.
Parcoursup: la plataforma que genera ansiedad y exclusión
Los estudiantes no protestan solo por la deuda, sino por sus efectos directos. Su escolaridad quedó marcada por los confinamientos de 2020 y ahora enfrentan la ansiedad del Parcoursup, la plataforma que asigna los cupos en la educación superior. Unos 130.000 aspirantes se quedaron sin cupo en julio, al cierre de la primera fase, y el algoritmo es acusado de falta de transparencia.
Vallejo-Gómez explica: “No hay suficientes plazas en las universidades públicas para el número tan importante de bachilleres. Esa plataforma tiene un algoritmo que calcula las opciones de cada uno en función del territorio donde vive, de las notas y de la demanda de cada facultad, y eso genera en los jóvenes y en las familias mucho estrés”.
Una generación que reclama su lugar: entre el miedo y la esperanza
Pese a que el Gobierno ha instalado mesas de trabajo con los sindicatos, decenas de miles de jóvenes llenaron la Plaza de la Bastilla, símbolo de la Revolución Francesa de 1789. “Nos vamos a tomar la Bastilla. Será la toma de la Bastilla 2”, dijo a la agencia Efe Daike, de 18 años. El Gobierno teme que el movimiento escale: “Cada vez que los jóvenes salen a la calle en Francia aparece el fantasma de Mayo del 68, que se convirtió en un florero de Llorente para que todos los descontentos de la sociedad se manifestaran y terminara en una huelga nacional”, advierte Vallejo-Gómez.
La prensa francesa lee el momento en claves opuestas. Le Figaro ve “el desolador retrato de un país que se desmorona” y un “desmoronamiento de la autoridad”. Le Monde habla de “la afirmación de un movimiento social” de jóvenes que reclaman “más recursos para la vida cotidiana, más profesores, un proceso de acceso a la educación superior más transparente”.
El malestar cruza fronteras: Bélgica también se moviliza
El descontento ya no es exclusivo de Francia. En Bruselas, estudiantes marcharon contra un ajuste de 10.000 millones de euros. “Estamos hartos de que se busque el dinero entre quienes no lo tienen”, dijo a Efe la estudiante Sanah. En la Bélgica francófona, el gobierno regional prevé aumentar un 10 % la carga lectiva de los profesores sin subirles el salario y elevar la matrícula de la educación superior no universitaria de 835 a 1.194 euros.
La represión y el costo de protestar
El saldo de las movilizaciones es preocupante: 6.900 personas detenidas, el 86 % menores, según el Ministerio de Justicia francés, y 750 policías heridos. Además, tres estudiantes resultaron mutilados por disparos policiales. “Los ciudadanos han visto aumentar el costo de participar en una movilización”, advirtió el investigador de Sciences Po Xavier Crettiez. El primer ministro Lecornu habló de “accidentes” y descartó una “desproporción deliberada en el uso de la fuerza”.
El Gobierno impulsa además un proyecto de ley para que los responsables de daños a bienes públicos paguen las reparaciones, incluso con descuentos de sus ayudas sociales, una propuesta criticada por sindicatos y organizaciones de izquierda. En paralelo, anunció la contratación de 3.000 docentes y se comprometió a “corregir” Parcoursup si fuera necesario. Pero, de momento, nada ha contenido el malestar.
¿Qué nos enseña esta revuelta para América Latina?
La situación francesa resuena con fuerza en nuestra región. Las y los jóvenes de Colombia y de América Latina también conocen de cerca lo que significa la falta de inversión en educación pública, la precarización docente y la exclusión en el acceso a la universidad. La defensa de la educación como derecho fundamental y la necesidad de que los Estados prioricen el bienestar de sus pueblos por encima de los intereses de los mercados son banderas que nos unen.
Irónicamente, mientras las calles francesas siguen llenas de estudiantes y las clases suspendidas, el Liceo Saint-Exupéry volvió a la normalidad: las autoridades cedieron a sus exigencias y enviaron de urgencia un vicedirector y una enfermera. Sin embargo, la mecha de la mayor revuelta estudiantil que ha vivido Francia en décadas sigue, por ahora, encendida. Esta es la historia de una generación que, en lugar de aceptar un futuro recortado, ha decidido alzar la voz. Una lección de dignidad que trasciende fronteras y nos invita a reflexionar sobre el tipo de sociedad que queremos construir.
