Elecciones Colombia: contra el fascismo también se vota
La segunda vuelta presidencial en Colombia enfrenta a Iván Cepeda y Abelardo de la Espriella. El proyecto de De la Espriella busca una limpieza simbólica que estigmatiza a la izquierda y amenaza los derechos de las comunidades, la paz y la Constitución de 1991. Votar por Iván Cepeda en esta coyuntura es un acto de defensa democrática y de protección del tejido social del país.
¿Qué está realmente en juego en esta segunda vuelta?
Hay momentos en que callar deja de ser prudencia para convertirse en una forma elegante de evasión. Esta segunda vuelta es uno de esos momentos. No lo decimos porque cada persona que vote por Abelardo de la Espriella sea fascista. Tampoco porque la palabra deba usarse como insulto contra cualquier propuesta de derecha. Sin embargo, es necesario llamar a las cosas por su nombre. El fascismo es algo más grave que simplemente pedir orden o mano dura. Es convertir la política en una guerra moral entre patriotas y enemigos, negar la legitimidad de quien piensa distinto y señalar a una parte de la ciudadanía como un cuerpo extraño que hay que derrotar para que la nación recupere una pureza que nunca tuvo. Eso, con nuestro propio acento colombiano, es lo que está sobre la mesa.
¿Por qué la propuesta de De la Espriella es una cruzada y no una alternativa democrática?
Lo que representa De la Espriella no es la derecha democrática que compite dentro de las reglas y acepta perder. Es una derecha de cruzada. Habla de rescatar la patria y de derrotar al comunismo, señalando que la neutralidad es complicidad. No se limita a discrepar de Iván Cepeda. Lo erige como una encarnación del mal. A la izquierda no la contradice, la nombra como amenaza. Al centro no lo persuade, lo somete a un chantaje moral. No ofrece una simple alternancia, sino una limpieza simbólica del país.
En una democracia constitucional, el rival es un adversario legítimo. Se le fiscaliza y se le derrota en las urnas. Lo que no podemos hacer sin fracturar lo esencial es convertirlo en un cáncer o en un peligro existencial. Cuando el lenguaje político empieza a fabricar enemigos, la violencia se instala como consecuencia previsible.
¿Corremos el riesgo de repetir los errores del pasado?
Colombia ya recorrió ese camino y lo pagó con sangre. Entre los años ochenta y noventa, la Unión Patriótica fue exterminada. Miles de militantes de base, dirigentes, alcaldes y dos candidatos presidenciales fueron asesinados de manera sistemática. Fue una operación de eliminación política incubada en la estigmatización. Se difundió la premisa de que la izquierda no era una opción legítima, sino una infiltración que había que extirpar. La deshumanización precedió al crimen.
Hoy, la matriz discursiva resulta inquietantemente familiar. Un caudillo que se ofrece como salvador, un adversario reducido a tiranía, una invocación constante de la fuerza y una promesa de restauración moral que divide a la ciudadanía entre patriotas y cómplices. Ese repertorio tiene nombre. Es una versión contemporánea del fascismo político.
¿Qué significa para las comunidades y los derechos ganados?
La inquietud crece cuando miramos la visión de poder del candidato. Su libro sobre el tiranicidio no es una simple rareza. Plantea una manera de razonar el poder donde dar muerte al tirano puede verse como un acto patriótico. Quien llama tirano a su contendor y promete defender la democracia por la fuerza, aspira a controlar el aparato coercitivo del Estado.
La primera vuelta dejó un dato claro. Cepeda obtuvo el apoyo de casi diez millones de personas. No son una célula clandestina ni una amenaza. Son ciudadanos, son pueblo, son Colombia. Cuando De la Espriella promete derrotar para siempre lo que Cepeda representa, habla de esos millones de compatriotas que simplemente piensan distinto. Nuestra Constitución de 1991 se fundó sobre la dignidad humana, no sobre la obediencia o una moral única. Cada persona vale antes de obedecer, antes de producir y antes de votar.
¿Cómo afecta esta elección la paz y la justicia transicional?
El proyecto de De la Espriella ofrece libertad máxima para el capital, pero vigilancia estrecha para existir. Sospecha hacia el feminismo, rechazo a los derechos reconocidos por la Corte Constitucional y defensa de una sola forma de familia. Esa asimetría no es libertad constitucional.
En cuanto al bienestar, la diferencia está en concebirlo como derecho o como favor. Recortar drásticamente el Estado mientras se jura proteger a los más pobres deja una pregunta en el aire. ¿Quién responde por los que solo tienen Estado porque nunca tuvieron mercado? En los barrios populares, en el Pacífico, en la Colombia rural y campesina, el Estado es el hospital que falta, la escuela que aguanta y el subsidio que sostiene. Un Estado ausente no se puede recortar como si sobrara.
Por otro lado, De la Espriella plantea una ruptura frontal con la negociación de paz. A un país cansado de la violencia y las armas, decir que con los actores armados no habrá diálogo puede sonar a liberación. La fuerza pública es indispensable, pero la fuerza por sí sola no desactiva las causas de la guerra. Fabricar silencio no es lo mismo que construir paz. Colombia conoce bien la distancia entre un territorio pacificado y uno reconciliado. Desmontar la justicia transicional y la JEP no es corregir instituciones. Es alterar el modo en que el país decidió tramitar su pasado. Un país que destruye sus mecanismos de verdad se condena a litigarlo para siempre.
¿Qué pasa con nuestros territorios y la Madre Tierra?
El modelo económico de este candidato vuelve a poner la extracción en el centro. Petróleo, gas, minería y licencias más expeditas. Colombia necesita empleo y equilibrio fiscal, eso es cierto. Pero el territorio no es una bodega de recursos. Es donde habitan pueblos, culturas, memorias y ecosistemas. En un país pluriétnico y multicultural, hablar de agilizar consultas previas no es un tecnicismo. Toca el corazón del pacto de 1991.
La consulta previa es una garantía democrática de los pueblos indígenas, afrodescendientes, raizales, palenqueros y comunidades campesinas. Cuando el desarrollo se piensa sin esas voces, deja de ser desarrollo y empieza a parecerse a una imposición.
¿Por qué votar por Iván Cepeda es defender la democracia abierta?
Frente a este panorama, el cálculo electoral no alcanza. Hace falta una posición política y moral lúcida. El fascismo no se normaliza ni se maquilla como mano firme. Se enfrenta con los instrumentos de la democracia.
Votar por Iván Cepeda no equivale simplemente a votar por la izquierda. Es votar por mantener la democracia abierta. Es votar para que el adversario siga siendo adversario y no enemigo. Para que los derechos no queden a merced del credo moral de quien gobierna. Para que la memoria de la Unión Patriótica no termine archivada. Es votar para no reincidir en esa secuencia donde primero se señala, luego se deshumaniza y al final se justifica la violencia.
Contra el fascismo no se guarda neutralidad. Contra el fascismo se vota. Y este domingo, la forma democrática de hacerlo tiene un nombre. Iván Cepeda. El turno es nuestro.
¿Qué significa el fascismo en el contexto electoral colombiano?
En el contexto colombiano, se refiere a un proyecto político que convierte al adversario en enemigo interno, promete la salvación de la patria por la vía de la fuerza y busca una purificación moral que estigmatiza a quienes piensan distinto.
¿Por qué es importante la justicia transicional en esta elección?
La justicia transicional, incluida la JEP y la Comisión de la Verdad, es el mecanismo que eligió Colombia para tramitar su pasado violento. Desmontarla significaría condenar al país a repetir las dinámicas de conflicto y silenciar a las víctimas.
¿Cómo afecta la propuesta de De la Espriella a las comunidades étnicas y campesinas?
Su propuesta de acelerar licencias ambientales y debilitar la consulta previa amenaza la autonomía territorial de pueblos indígenas, afrodescendientes y campesinos, priorizando la extracción de recursos sobre la protección de ecosistemas y culturas.