La partida de un defensor del Catatumbo: Diógenes Quintero y el destino que cambió en segundos
En las montañas del Catatumbo, donde la esperanza se construye día a día entre comunidades que han resistido décadas de olvido, se apagó la voz de quien había dedicado su vida a ser su eco en el Congreso. Diógenes Quintero, representante a la Cámara por las Circunscripciones de Paz, perdió la vida este miércoles en el accidente aéreo del vuelo NSE 8849 de Satena que cubría la ruta Cúcuta-Ocaña.
La tragedia que cobró 15 vidas tiene una dimensión humana que trasciende las cifras. Quintero viajaba hacia su territorio, el Catatumbo, para cumplir una agenda de tres días visitando las comunidades que lo eligieron. Era su manera de hacer política: estar presente, escuchar, acompañar.
Un giro del destino que salvó vidas
El destino jugó una carta cruel pero también compasiva. Cristian Correa, miembro del equipo de comunicaciones de Quintero, relata cómo un cambio de último momento en la logística de viaje salvó la vida de varios miembros de su Unidad de Trabajo Legislativo.
"Fue más práctico que Natalia, su asistente, estuviera con él en unas reuniones en Cúcuta y nosotros viajáramos por tierra a Ocaña para tener todo listo", cuenta Correa. Era una práctica habitual: el equipo viajaba adelante para preparar la agenda del congresista.
Mientras Quintero y su asistente Natalia Cristina Acosta abordaban el vuelo fatal, sus colaboradores más cercanos recorrían por carretera el mismo camino que tantas veces habían transitado juntos, sin saber que esta vez sería para despedirse.
La angustia de la espera
En el aeropuerto Aguas Claras de Ocaña, la confusión inicial se transformó en preocupación y luego en dolor. "Pensábamos que era un tema de señal porque la zona tiene muy mala cobertura", explica Correa. "Pero a medida que pasaban los minutos ya era más preocupante".
A las 3:00 de la tarde, las redes del congresista comunicaron la incertidumbre: "No hemos tenido comunicación con él ni con su asistente, aunque los mensajes de WhatsApp aparecen como recibidos".
La búsqueda los llevó montaña adentro, caminando dos horas hasta encontrar la avioneta siniestrada. Ahí, entre los restos de metal y la montaña silenciosa, se confirmó lo que el corazón ya temía.
Un líder forjado en el servicio público
Diógenes Quintero, de apenas 36 años, era mucho más que un político. Era un hombre del territorio, nacido para servir. Su carrera inició en 2010 como contratista de la Defensoría del Pueblo, institución donde encontró su vocación de defender a los más vulnerables.
Fue personero municipal de Hacarí, aspiró a ser alcalde de su pueblo, se desempeñó como defensor regional del Pueblo en Ocaña y llegó al Congreso en 2022 por las curules de las Circunscripciones Transitorias Especiales de Paz, esas que representan la esperanza de territorios históricamente marginados.
Su formación como abogado especialista en derecho administrativo y su maestría en gerencia para el desarrollo eran herramientas al servicio de un propósito mayor: transformar las realidades de exclusión del Catatumbo.
El testimonio de quienes lo conocieron
Su equipo de trabajo, esos compañeros que lo esperaron hasta el último instante en el aeropuerto, lo despidieron con palabras que retratan al hombre detrás del cargo público: "Diógenes era el hombre más sencillo, el amigo más leal y el mejor político que hemos conocido; era nuestro líder. Se fue luchando por los campesinos, con el sueño de ver al Catatumbo en paz".
El Partido de la U, en su comunicado, destacó su "firme vocación de servicio y profundo sentido de responsabilidad pública", pero quienes lo conocieron hablan de algo más profundo: su capacidad de conectar con la gente, de entender que la política es, ante todo, un acto de amor hacia el territorio y sus habitantes.
Un legado que trasciende
Quintero no alcanzó a cumplir su primer cuatrienio, pero su legado ya estaba escrito en cada visita a las veredas, en cada gestión por los campesinos, en cada voz alzada en el Congreso defendiendo a quienes históricamente no han tenido voz.
Su muerte enluta no solo a su familia y a su partido, sino a todas las comunidades del Catatumbo que en él veían un puente hacia la esperanza. Era uno de esos líderes que entienden que representar no es solo ocupar una curul, sino cargar sobre los hombros los sueños y las necesidades de un territorio.
En las montañas del Catatumbo, donde cada día se escribe una página más de resistencia y esperanza, el eco de su voz seguirá resonando. Porque los verdaderos líderes no mueren: se transforman en semilla para que otros continúen el camino hacia la paz y la justicia social que tanto defendió.