Aprender a percibir: cuando los sentidos se entrenan y el arte se vuelve más profundo
¿Alguna vez se han preguntado por qué un sommelier distingue matices en un vino que para nosotros pasan desapercibidos, o por qué un crítico de arte ve en una pintura mucho más que la imagen que tenemos frente a los ojos? La respuesta no está en un don divino, sino en el entrenamiento. Investigar sobre la capacidad de catar vino con profesionalismo y de crear perfumes me llevó a una conclusión clara: todos los sentidos, incluso el tacto, se pueden educar para discriminar con mayor precisión las experiencias del mundo. La información que obtenemos después de ese entrenamiento es mayor, más detallada y, valga la redundancia, más especializada.
¿Se puede oír con la piel? El chaleco que cambia la percepción
La mayoría se preguntará qué información refinada podríamos obtener con el tacto. No conocemos especialistas en reconocimiento de texturas ni en caricias, pero el neurocientífico David Eagleman y su equipo hicieron un experimento fascinante: inventaron un chaleco para oír por la piel, un artefacto de sustitución sensorial. El chaleco tiene decenas de pequeños motores vibratorios distribuidos en el torso. A través de un micrófono o una aplicación, captura los sonidos del ambiente, los procesa y los traduce en tiempo real a patrones de vibración sobre la piel. Gracias a la plasticidad cerebral, el cerebro aprende a descifrar esos patrones táctiles de forma inconsciente, interpretándolos de manera similar a como procesaría el sonido que entra por los oídos. En otras palabras, aprende a oír con el tacto. Recordemos que las personas invidentes leen con el tacto.
Eagleman parte de una idea brillante: el cerebro es como un 'sordo y ciego' encerrado en la oscuridad de la bóveda craneal. A nuestro cerebro no le importa cómo le lleguen los datos, ya sea por fotones en los ojos o vibraciones en el torso, siempre y cuando la información tenga una estructura coherente. Al final, el torso se convierte en una especie de 'oído alternativo'.
El tacto en el cine: 'Los conspiradores del placer' y la obsesión sensorial
Se han hecho muchas películas sobre las sensaciones táctiles, pero hay una de hace 30 años, creativa e inolvidable, una joya del cine surrealista y de la comedia negra: Los conspiradores del placer (Spiklenci slasti, 1996), dirigida por el cineasta checo Jan Švankmajer. La película no tiene diálogos, o tiene muy pocos, lo que hace que los sonidos cotidianos, las texturas y los primeros planos exagerados cobren protagonismo. Sigue la vida de seis personas aparentemente normales en Praga que, en la intimidad, dedican una cantidad obsesiva de tiempo a diseñar rituales y mecanismos extraños para satisfacer sus propios fetiches y fantasías privadas. Hay situaciones tan surrealistas como la de un hombre que construye un disfraz de gallo con plumas para interactuar con un maniquí, otro que amasa pequeñas bolas de pan con saliva para introducirlas en sus oídos y nariz, y otro que diseña un artilugio mecánico sincronizado con la televisión para masturbarse automáticamente mientras ve a su presentadora de noticias favorita. La película explora de forma bizarra, poética y satírica el proceso mental de la anticipación, la creatividad, la imaginación y, sobre todo, la obsesión por el placer táctil.
Otra película sobre el tacto es Temple Grandin (producción de HBO de 2010, protagonizada por Claire Danes), basada en una historia real. Una científica y profesora universitaria con autismo inventó un aparato conocido como la máquina de abrazos (squeeze machine). Aunque no lo inventó para sustituir a las personas, lo diseñó porque a ella le abrumaba el contacto físico directo y las muestras de afecto tradicionales, pero descubrió que la presión profunda y controlada aplicada por este aparato mecánico le ayudaba a regular su ansiedad.
El conocimiento transforma lo que vemos y sentimos
Las personas que estudian algún tipo de arte y lo practican, así como los críticos de esas disciplinas, perciben más que los legos. Cuando ven una pintura no se limitan a ver el contenido, sino que observan la pincelada, la dirección, el grosor, la materia; discriminan sobre la paleta de color, la composición, las luces, las veladuras, los contrastes, las armonías; definen el estilo, descubren la época a la que pertenece, notan las diferencias con otras obras del mismo artista. Cuando un músico oye un concierto hace lo mismo: no solo lo escucha, sino que ve cómo está construida la composición, detecta dónde está el drama, identifica los momentos de cambio y sabe por qué ocurren, reconoce qué instrumentos entran y salen en cada instante, y advierte si alguno se desafinó o va atrasado o adelantado. Nota también las influencias de otras músicas y muchos otros detalles. El sommelier y el perfumista descubren en los olores variados componentes y hacen asociaciones que se nos escapan a los legos.
Estas personas especializadas no nacieron todas con capacidades extraordinarias, pero sí tienen mucha información sobre el tema, han prestado atención constantemente, cotejan lo percibido con un conjunto grande de información almacenada en la memoria y, además, han aprendido el vocabulario sensorial que les permite concretar en palabras lo que perciben para, luego, establecer asociaciones, traer otras sensaciones a la memoria y hacer comparaciones con la experiencia nueva. La percepción no es pasiva; aprendemos a percibir y, en ese aprendizaje, hay marcadas diferencias entre los individuos. Un sommelier experimentado puede distinguir matices que un principiante ni siquiera identifica; su nariz no es físicamente distinta, pero este último ha aprendido a discriminar, a dirigir la atención, a reconocer patrones y a asociar determinadas sensaciones con conceptos.
El placer aumenta con el conocimiento
Los sentidos entrenados en algún campo aumentan el placer de la percepción. Las muchas experiencias, como parte del entrenamiento, afinan la percepción, y el placer aumenta con el conocimiento. Cuando no sabemos casi nada de un tema, nos parece insípido, plano, no muy interesante; en la medida en la que nos volvemos conocedores, aparecen más diferencias y sutilezas. Y cuantas más diferencias surgen, más posibilidades hay de encontrar significados y relaciones interesantes. Para la mayoría de las personas, el ejemplo del deporte es ilustrativo: para el que no sabe nada, jugar tenis no es más que pegarle a una bola con una raqueta; para otras, no es ni siquiera un deporte, sino un arte casi sagrado. El escritor David Foster Wallace le dedica uno de sus perfiles y ensayos más célebres a Roger Federer, en un texto titulado originalmente 'Federer as Religious Experience' (publicado en The New York Times Magazine en 2006). En él, Wallace describe a Federer no solo como el mejor jugador del mundo, sino casi como una entidad de otra dimensión cuya maestría en la pista roza lo sobrenatural y lo trascendental.
El conocimiento también puede crear prejuicios
El conocimiento influye en lo que percibimos y en nuestras reacciones emocionales. En un libro muy citado, Modos de ver, su autor, John Berger, hace un experimento con el lector que yo haré aquí. Muestra una pintura de Vincent van Gogh: Trigal con cuervos. Luego, Berger anuncia que Van Gogh la pintó justo antes de suicidarse. La misma imagen se transforma ante nuestra mirada con ese solo dato. El conocimiento afecta el juicio y, no solo eso, lo predispone.
Lo malo de lo bueno es que el conocimiento aumenta nuestra capacidad perceptiva, pero también puede incrementar los prejuicios. Los expertos pueden ser extraordinariamente buenos en determinadas tareas, pero también pueden ser víctimas de sus propias categorías y expectativas, porque las expectativas afectan la percepción. Recordemos que el saber que la botella de vino que vamos a tomar cuesta dos millones de pesos nos predispone a que nos guste más. El historiador que sabe que un cuadro pertenece a un determinado período puede empezar a 'ver' características porque las espera.
Por esnobismo y porque somos animales jerárquicos, creemos en mentiras y tonterías si nos las dice un buen charlatán, un famoso crítico de arte o un importante sommelier. Por eso obedecemos los absurdos dictámenes de la moda; por eso hay gente que pide en los restaurantes agua mineral costosa y compra cuadros con puntitos de Damian Hirst. Por eso hay mujeres que pagan 2000 dólares por un bolso y hombres que compran la botella de güisqui de 1000 dólares. También, hay que decirlo, porque hay ricos; y lo digo con ironía, porque hay gente que quiere verse y sentirse superior, mientras que otra no sabe qué hacer con el dinero. Como nos importa ganar estatus, queremos ponernos de acuerdo, sincronizarnos con aquellos que lo tienen más alto que el nuestro. Pactamos 'vestir al emperador' para no ser los únicos que lo ven desnudo.
En el mercado del agua mineral, hay marcas que se posicionan como lujosas: S. Pellegrino, la clásica agua mineral con gas italiana, con burbujas finas y un toque elegante en cualquier mesa, pero que se compra en el supermercado sin arruinarse. Perrier, otra opción de agua con gas francesa muy conocida, cuesta un poco más que las marcas locales comunes, pero está lejos de ser un producto de millonarios. Solán de Cabras, reconocida por su icónica botella azul y su origen en un manantial español, se posiciona un escalón arriba de las marcas comerciales básicas. Gerolsteiner, un agua mineral alemana con un contenido natural alto en minerales y gas carbónico fuerte, es más costosa que el promedio debido a la importación, pero muy elegida por quienes buscan un perfil mineral intenso.
El talento existe, pero la mayoría puede aprender
Pero todo lo que he dicho no niega que existan personas con más talento en cualquier actividad humana o mayor capacidad perceptiva, cognitiva, intelectual, y todas las que existen. Hay cerebros mucho más capaces de hacer comparaciones y síntesis más finas que otros, y también hay personas con mejores órganos sensoriales. Unas pocas personas en el mundo logran con mucha más facilidad lo que a otros nos cuesta; además, llegan más lejos con menos esfuerzo. Hay personas que nacen superdotadas para algo, en cualquier campo del que hablemos; sin embargo, estos siempre serán una minoría. La genética humana nos hace a todos muy parecidos.
La percepción es un camino de aprendizaje y de apertura. En un país como Colombia, donde la resiliencia y la capacidad de ver más allá de las dificultades son parte de nuestra historia, entrenar los sentidos y el conocimiento puede ser también una forma de reconstruir el tejido social, de encontrar belleza y significado en lo cotidiano, y de acercarnos unos a otros con más comprensión y menos prejuicio.